La realidad siempre termina siendo muy diferente de lo que anticipamos. Eso me ocurrió tras aterrizar en La Habana, ciudad a la que no iba desde hacía ocho años. El aeropuerto tiene actividad reducida y se nota la tensión en el momento en el que se va la luz, aunque aquí la planta eléctrica se activa de inmediato. La sensación es parecida a la de la incertidumbre de la pandemia de coronavirus, solo que no es 2020, es 2026 y Cuba no está afectada por un virus, sino por una fuerte crisis de larga data que se vio agravada estos últimos meses por la presión de EE.UU.
Pero asumir que la isla se paraliza es no conocerla, la quietud es relativa, porque si hay algo que sabe hacer el cubano es resolver, como se pueda, la escasez de recursos. Y ahí es donde entra en escena un vendedor ambulante quien se protege del sol bajo la vegetación que bordea la avenida Rancho Boyeros que lleva a la capital. El hombre no ofrece frutas ni pasteles, en sus manos tiene una botella con un líquido amarillo, el conductor nos explica que es combustible, hoy uno de los bienes más preciados para un país asediado por la falta de energía, entre otras carencias.
Los cubanos - en la isla y en la diáspora- son expertos en hacer limonada, de tantos limones que les han caído del cielo. Ese combustible puede costar unos US$ 4 el litro, si es diésel. Es decir que el galón - como se vende en EE.UU.- puede rondar los US$ 15, más de tres veces lo que se paga en Miami por la misma cantidad.
Por las calles de La Habana, al lado de los famosos "almendrones", automóviles antiguos con partes de otros vehículos, se ven ahora numerosos vehículos eléctricos llevando a los habaneros por la ciudad en la que la vida, a pesar de mayores dificultades, baja el ritmo, pero no se detiene. Solo vemos su exterior, la cada vez más pesada crisis va por dentro, a pesar de eso no veo un cambio en la hospitalidad y buena onda de los habaneros con quienes interactúo. Difícil mantener la compostura, pero lo digo como alguien que no padece la incertidumbre diaria de no saber si habrá electricidad, agua, conexión con el mundo exterior.
Un cambio evidente se nota en las inmediaciones del Parque Central, en la Habana vieja. Hacía ocho años que no visitaba Cuba y esto fue algo que me advirtió un colega y no había visto en mis anteriores viajes de trabajo a la capital: niños y mujeres, por lo general con pequeños en brazos, pidiendo dinero con insistencia, lo siguen a uno por la calle, no se rinden fácil. Eso es nuevo. En algunas esquinas había escombros y basura acumulados, pero también es cierto que la percepción – por lo menos en las partes que recorrí, que no se limitaron a la Habana vieja- es de una ciudad limpia. Dentro de las posibilidades, claro, se prioriza el uso de los vehículos y recoger la basura cambia de importancia. Sin embargo, vi a trabajadores limpiando las calles y, además, en medio de la escasez hay cada vez menos objetos para botar. Todo se aprovecha más allá de lo razonable, aunque aquí lo razonable no existe.
Como en cualquier ciudad, tener dólares abre puertas. Y en Cuba, esos dólares los tiene el turista. Pero, aunque aún funcionan algunos hoteles, los más nuevos y lujosos están vacíos y cerrados. En los restaurantes, los extranjeros no éramos más que los locales, incluso en aquellos con precios inaccesibles para la gran mayoría de la población.
Por ejemplo, en uno de los restaurantes que visité, un plato típico – la ropa vieja o carne desmechada- puede costar US$ 6. En esos establecimientos calculan el cambio en US$1 por 600 pesos cubanos. Es decir, ese plato vale 3600 pesos, cuando el salario promedio, según la Oficina Nacional de Estadística en Información ONEI, era para 2025 de un promedio de 6930 pesos… haz las cuentas.
Ahora, se podría pensar que las remesas que envían los cubanos desde el exterior hacen la crisis más llevadera y sí, ayudan mucho, pero no tanto como se cree. Según un informe del Diálogo Interamericano, centro de análisis no partidista en Washington, en 2023 el volumen de remesas a Cuba fue de menos de US$ 4.000 millones – que es mucho dinero, pero algo relativo en un país de más de 10 millones de personas. El Salvador, por ejemplo, con seis millones de habitantes, recibió 8.400 millones en remesas en 2024 según el Diálogo.
No se puede minimizar la importancia de los fondos para la isla, pero el informe destaca que el envío es menor en proporción y alcance que lo enviado a otros países caribeños y latinoamericanos. Los migrantes envían un promedio de US$ 300 por transacción hasta ocho veces al año.
Es probable que leas este texto en tu móvil o en su computador. Si estás en Buenos Aires, por ejemplo, lo haces con una temperatura que puede estar alrededor de los 12 grados centígrados, por ser el invierno austral. Sí estás en Santo Domingo, en pleno verano boreal - es decir en el hemisferio norte – esa temperatura puede ser de unos 35 grados centígrados. De pronto lo lees en el metro, o en tu casa, o en la oficina. Quedémonos en la República Dominicana. Es posible que, mientras lees y hasta sin darte cuenta, sientas la brisa del ventilador, o hasta la caricia del aire acondicionado.
Ahora, imagínate que lees estas líneas y de pronto se va la luz. La batería del celular te permite seguir leyendo, no hay lio. Si el artículo ya cargó, aún si perdiste el router, puede que sigas teniendo la señal de internet de tu proveedor de telefonía celular.
Un artículo de El Nacional del 10 de julio, refleja la inconformidad de usuarios en la capital dominicana por los constantes apagones. Domingo Berigüete reporta que "mientras residentes denuncian apagones de entre cuatro y ocho horas, e incluso hasta siete interrupciones en un mismo día en el entorno del Palacio Nacional, los cacerolazos se mantienen y organizaciones comunitarias convocan nuevas jornadas de movilización al considerar insuficiente la respuesta de las autoridades a los reclamos por las deficiencias en el servicio energético y otros problemas sociales".
Volvamos a Buenos Aires. Es muy probable que no haya visto titulares sobre los apagones en Santo Domingo, no es un tema regional y menos en pleno mundial y con su Selección en la final. Según la revista Mercado la explicación del problema es simple, la ola de calor en la Republica Dominicana dispara la demanda de electricidad y el sistema de generación y distribución no da abasto. ¡Diantre!, diría mi colega y amigo dominicano Juan Cabral.
Ahora viajemos 1.400 kilómetros al occidente. De Santo Domingo, vámonos a La Habana, capital de Cuba. Sin importar donde estés, es muy probable que hayas visto copiosos titulares sobre los apagones en la isla. El 10 de julio, el mismo día del artículo de El Nacional sobre Republica Dominicana, CNN reportaba sobre el segundo apagón nacional en el país durante esa semana. Así describía la situación: "La crisis energética de la isla ha puesto a prueba servicios esenciales como la educación, el transporte y la sanidad. Las nuevas sanciones impuestas por EE.UU. también han deteriorado aún más la economía cubana e impedido que muchos turistas visiten la isla. Este martes se produjo un tercer apagón nacional en menos de 10 días, un día después de que el Departamento de Estado impuso nuevas sanciones al sector turístico.
En el caso de Cuba no se trata solo de que la demanda exceda la oferta, la dinámica es distinta:la presión política de Estados Unidos exacerba una situación que ya era crítica, un sistema que no da abasto, ante la demanda de electricidad en medio de una ola de calor.
Al aterrizar en La Habana, como en otros países de la región, se escuchan aplausos, por llegar bien y por regresar a la isla. Cuando nos alistábamos para salir del avión se dio una discusión entre dos mujeres por un tema menor. Una le dijo a la otra algo así como "te quejas ahora, espera a que te toquen lo apagones" y la mujer respondió indignada "¡que tu te crees, en mi casa tengo células fotovoltaicas, yo no tengo problemas con los apagones". Es evidente que quienes reciben remesas o viven entre la isla y otro país enfrentan la crisis de otra manera, pero la paciencia es cada vez menor. Así como en Santo Domingo, es solo recorrer La Habana de noche para encontrarse con los cacerolazos, las protestas de vecinos en medio del calor sofocante.
Lo experimenté la primera noche con mis colegas Orlando Ruiz y Abel Alvarado, cuando nos paramos en una esquina a grabar. La protesta tenía su ritmo particular, algunos calderos caían a la calle, no se escuchaban arengas, solo el inconformismo reflejado en una tonada que hasta podría ser un tema de moda.
Muchos duermen en la calle, en parques o en la entrada de sus viviendas para soportar el calor agobiante del caribe. Es difícil hacerlo, aún en la comodidad de un hotel – con luz, pero sin aire acondicionado- y con la alternativa de abrir la ventana para que circule la brisa, pero con ella ingresen los mosquitos.
Esta noche, cuando te acuestes, imagínate que estás a 35 grados centígrados, con humedad, sin la posibilidad de prender un ventilador. Recuerda que tener nevera no sirve de mucho, con entre 22 y 23 horas diarias de apagón nada se salva, sin importar tu cargo o rango. Puede que tampoco haya agua y que en el poco tiempo que haya electricidad podrás cargar tu móvil. Sí, en la isla, como en el resto del mundo, está generalizado el uso del celular y el escapar a través de videos, memes y mensajes. Es posible que en medio del apagón hasta de pronto tendrás señal para el teléfono, pero es muy probable que esa señal no sirva de nada. Si es frustrante para quien va de paso… ¿te imaginas como será para quien lo tiene que vivir a diario, por semanas días y meses? El ciclo se repite, por ahora sin solución a la vista.
For more CNN news and newsletters create an account at CNN.com