Este sábado 31 de octubre, miles de niños saldrán disfrazados a recorrer su barrio con la ilusión de volver a casa con los mejores dulces. Y cuando lleguen, no faltarán los tíos, los papás y los abuelos que se asomen al botín en busca de un tesoro, ese dulce que no comen desde hace años y que con solo verlo los devuelve a su infancia.
Porque las costumbres cambian, pero la memoria del paladar se queda. Hay golosinas que pasaron por los recreos del colegio, las piñatas y el bolso de la abuela, y que cualquier persona que haya crecido en Colombia reconoce con solo ver el empaque. Estos son algunos de los dulces más recordados y la historia detrás de cada uno.
Frunas
Abrir el paquete, sacar varias, apilarlas en un sánduche de colores y llevárselas a la boca de un solo bocado es un ritual que se repite desde hace generaciones. Las Frunas son el dulce más antiguo de esta lista. La marca Frunas Noel quedó registrada en 1941 por la Compañía de Galletas Noel, fundada en Medellín, y la receta de este caramelo blando la trajo el alemán Emilio Stern, quien le enseñó a la empresa cómo fabricarlo. En 2011 la marca pasó a manos de Comestibles Aldor, una confitera de Cali, que hoy las vende en sabores como fresa, limón, naranja y banano.
Supercoco
Pocos dulces dividen tanto como este. Es un turrón blando de coco inspirado en las cocadas tradicionales del Caribe colombiano, se pega en los dientes y obliga a masticarlo un buen rato, y por eso tiene tantos fieles como detractores. Nació en Manizales, donde en 1948 se fundó la Fábrica de Dulces Superman, que con los años se convirtió en Super, la misma empresa que hoy produce las gomas Trululú y el Barrilete. En 2018, El Espectador contó que el coco para fabricarlo viajaba desde Timbiquí, en Cauca, hasta la planta de la compañía en Caldas.
Jet
La chocolatina más famosa del país es paisa. La Compañía Nacional de Chocolates, fundada en Medellín en 1920, registró la marca Jet en junio de 1961 y la lanzó como la primera chocolatina hecha en Colombia para el consumo masivo. Además de la barra clásica y su álbum de láminas, la marca llegó a los niños con los Balones Jet Gool, unas bolitas de chocolate envueltas como pelotas de fútbol, que servían para jugar, se cargaban a todas partes y, cuando el antojo ganaba, terminaban comiéndose a pedacitos.
Nucita
El molde con paletica y crema de dos colores cumple este año medio siglo. Su historia empezó a mediados de los años 70, cuando Colombina, la confitera fundada en el Valle del Cauca en 1927, le compró la fórmula de la crema de chocolate a una empresa italiana. Hoy esa presentación mitad blanca y mitad café representa cerca del 42 % de las ventas de la marca, según contó la compañía a Publimetro. Frente a ella hay tres tipos de personas, las que se comen un color primero y después el otro, las que alternan cucharada por cucharada y las que lo revuelven todo hasta dejar una crema café clara.
Quipitos
"¿Oye, sabes a qué sabe Quipitos?", preguntaba el comercial que convirtió a este dulce en uno de los favoritos de los niños en los años 90. Lo creó en 1983 Quala, una empresa colombiana fundada en Bogotá. Es un polvo efervescente con leche en polvo que explota en chispitas apenas toca la lengua. Por más años que pasen, nadie olvida la sensación de abrir la boca, sacar la lengua cubierta de polvo blanco y oír los pequeños estallidos durante los diez segundos más emocionantes del día.
Barrilete
Pocas personas sabrían explicar a qué sabe un Barrilete, y eso nunca importó. Esta barra masticable de colores, fabricada por Super, se volvió uno de los dulces más populares del país en los años 80. Casi siempre llegaba de la mano de una tía o de algún adulto generoso, y la gracia estaba en morder los colores por separado o juntarlos todos en un mismo bocado.
Motitas
Con un leopardo en el empaque y la promesa de hacer las bombas más grandes de todas, este chicle conquistó a los niños desde 1986, cuando empezó a fabricarse en la planta de Cadbury en Cali. Venía en sabores como plátano, uva y frutas, y su empaque llamativo lo convirtió en uno de los más pedidos en las tiendas durante más de dos décadas. Con la llegada de nuevas marcas, la competencia se volvió más dura, la compañía cerró su línea de producción en Cali y el leopardo desapareció de las tiendas a comienzos de la década de 2010.
Bubbaloo
Para otra generación, el chicle de cabecera fue Bubbaloo, que también se fabricó en la planta de Cadbury en Cali. Su diferencia estaba en el centro líquido, que al morderlo liberaba el sabor mientras el chicle ganaba elasticidad. La marca, que hoy pertenece a la multinacional Mondelez, todavía se vende en el país. El reto en el recreo era meterse varios a la vez en la boca para ver hasta dónde crecía la bomba.
Sparkies
Un caramelo blando por dentro y una cubierta crocante por fuera, con un sabor distinto para cada color. Durante años salieron de la misma planta de Cadbury en Cali, y hoy se venden bajo la marca Bubbaloo Sparkies, de Adams, en sabores como naranja, limón, fresa, banano, cereza y uva. Para muchos niños, la bolsa de Sparkies era la recompensa por acompañar a la mamá a mercar.
Gelatinas en cápsula
Las pequeñas gelatinas en empaque individual, de colores y sabores surtidos, acompañaron los recreos de muchos colegios. La gracia era sacarlas del envase plástico, comérselas de un solo bocado y morder los trocitos de más sabor que traían adentro. En julio de 2015, la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC), la entidad que protege a los consumidores en Colombia, prohibió de manera preventiva su venta porque su consistencia semisólida podía causar asfixia en los niños. Eran importadas desde China y se vendían en tiendas, papelerías y supermercados de todo el país. En octubre de ese año, la SIC levantó la medida preventiva y la reemplazó por medidas definitivas para evitar daños a los consumidores.
Moritas
Estaban en todos lados, en la recepción de los consultorios, en el mostrador de las tiendas y en el fondo del bolso de la abuela. Son caramelos duros de Colombina con un relleno sabor a mora, y con ellos solo hay dos opciones, se aman o se odian.
Monedas de chocolate
Muchos niños jugaron a ser ricos con ellas e hicieron intercambios como si fueran plata de verdad. Quitarles el papel dorado sin romperlo para descubrir una moneda perfecta, si es que no se había derretido o golpeado antes, era toda una experiencia. Todavía se consiguen, y un buen truco para revivirlas es envolverlas en una tira de gomita ácida y comérselas así, una combinación que funciona tanto en la infancia como en la adultez.
Las bolsas de Halloween cambian con cada generación, pero estas golosinas siguen siendo parte de la memoria de varias generaciones. Algunas ya solo existen en el recuerdo y otras siguen en el estante de la tienda de la esquina, esperando a que alguien las vuelva a comprar para sentir, aunque sea por un momento, que el recreo no se ha acabado.
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